viernes, 28 de marzo de 2025

Calle de las Sierpes / Oliverio Girondo





                                                                         A D. Ramón Gómez de la Serna

Una corriente de brazos y de espaldas
nos encauza
y nos hace desembocar
bajo los abanicos,
las pipas,
los anteojos enormes
colgados en medio de la calle;
únicos testimonios de una raza
desaparecida de gigantes.

Sentados al borde de las sillas,
cual si fueran a dar un brinco
y ponerse a bailar,
los parroquianos de los cafés
aplauden la actividad del camarero,
mientras los limpiabotas les lustran los zapatos
hasta que pueda leerse
el anuncio de la corrida del domingo.

Con sus caras de mascarón de proa,
el habano hace las veces de bauprés,
los hacendados penetran
en los despachos de bebidas,
a muletear los argumentos
como si entraran a matar;
y acodados en los mostradores,
que simulan barreras,
brindan a la concurrencia
el miura disecado
que asoma la cabeza en la pared.

Ceñidos en sus capas, como toreros,
los curas entran en las peluquerías
a afeitarse en cuatrocientos espejos a la vez
y cuando salen a la calle
ya tienen una barba de tres días.

En los invernáculos
edificados por los círculos,
la pereza se da como en ninguna parte
y los socios la ingieren
con churros o con horchata,
para encallar en los sillones
sus abulias y sus laxitudes de fantoches.

Cada doscientos cuarenta y siete hombres,
trescientos doce curas
y doscientos noventa y tres soldados,
pasa una mujer.
A medida que nos aproximamos
las piedras se van dando mejor.


viernes, 21 de marzo de 2025

Te lo dije por las nubes / Paul Éluard

 





Te lo dije por las nubes
Te lo dije por el árbol del mar
Por cada ola por los pájaros en las hojas
Por las piedras del ruido
Por las manos familiares
Por el ojo que deviene rostro o paisaje
Y el sueño que pone el cielo de su color
Por toda la noche bebida
Por la reja de las rutas
Por la ventana abierta por una frente descubierta
Te lo dije por tus pensamientos por tus palabras
Toda caricia toda confianza se sobreviven. 



 
Je te l´ai dit pour les nuages 


Je te l’ai dit pour les nuages
Je te l’ai dit pour l’arbre de la mer
Pour chaque vague pour les oiseaux dans les feuilles
Pour les cailloux du bruit
Pour les mains familières
Pour l’œil qui devient visage ou paysage
Et le sommeil lui rend le ciel de sa couleur
Pour toute la nuit bue
Pour la grille des routes
Pour la fenêtre ouverte pour un front découvert
Je te l’ai dit pour tes pensées pour tes paroles
Toute caresse toute confiance se survivent





viernes, 7 de marzo de 2025

Hay zonas generales / Robert Frost

 




Nos sentamos adentro y conversamos del frío que hace afuera.
Y cada vendaval que arremete y arrecia
pone en riesgo la casa. Pero la casa ya pasó otras pruebas.
Pensamos en el árbol. Si nunca más tiene hojas,
sabremos, nos decimos, que fue esta la noche de su muerte.
Es demasiado al norte, lo admitimos, para plantar duraznos.
¿Qué le sucede al hombre, es el alma o la mente
quien le impide estar preso por límites, fronteras?
Parece que aspirara a ampliar el radio
de las formas de vida hasta el Ártico.
Por qué no acaba nunca de aprender
que aunque entre el bien y el mal no hay líneas fijas
hay zonas generales con leyes que observar.
No hay mucho que podamos hacer hoy por el árbol.
Pero es inevitable, nos sentimos un poco traicionados,
porque vino a soplar el viento noroeste
justo cuando cayó el frío bajo cero.
No tiene hojas el árbol y quizás nunca broten otra vez.
Para saber habrá que esperar meses, hasta la primavera.
Pero si nunca más vuelve a crecer,
podrá culpar al rasgo ilimitado del corazón humano.



viernes, 14 de febrero de 2025

El barco ebrio / Rimbaud

 




Al descender por impasibles Ríos, sentí que no me guiaban 
ya los sirgadores: Pieles Rojas chillones los habían
tomado por blanco, fijándolos, desnudos,
a postes de colores.
 
Carguero de trigo flamenco o de algodón inglés, nunca me
preocupé por las tripulaciones. Cuando hubo
terminado la algarada,
los ríos me dejaron ir adonde quisiera.
 
Entre el furioso embate de las olas, yo, el anterior invierno
más sordo que el cerebro de los niños, ¡corrí!: las Penínsulas
que perdieron sus amarras no han padecido
caos más soberbios.
 
La tempestad bendijo mi despertar marino, diez noches he
bailado más ligero que un corcho, sobre olas
insaciables de  víctimas, sin nostalgia del ojo
necio de los fanales.
 
Más dulce que a los niños la pulpa de las manzanas ácidas,
penetró el agua verde mi cascarón de pino,
y, dispersando arpeos y timón, me lavó de inmundicias
y de manchas de vino.
 
¡Y, desde entonces, me he bañado en el poema del mar,
 de astros infundido y lactescente, devorando
las ondas verdes azules, en las que, flotación lívida y arrobada,
un ahogado pensativo desciende algunas veces;
 
en las que, de repente, tiñendo los azules, delirios y ritmos
lentos bajo las rutilaciones del día, más fuertes
que el alcohol, más vastos que las liras, fermentan
los rubores amargos del amor!
 
Yo conozco los cielos que estallan en relámpagos, y las trombas,
y las resacas, y las corrientes; conozco la tarde, el alba exaltada
igual que un pueblo de palomas, y he visto algunas veces
lo que el hombre creyó ver.
 
He visto el sol bajo, manchado de místicos horrores, alumbrando
con largos cuajarones morados, semejantes a actores
de dramas muy antiguos, las olas que rodaban a lo lejos
sus temblores de estrías.
 
Soñé la noche verde de nieves deslumbradas, los besos que ascendían,
lentos, hasta los ojos de los mares, la circulación de savias inauditas,
y el despertar amarillo y azul
de las fosforescencias sonoras.
 
Seguí meses enteros, asaltando arrecifes, a las marejadas,
semejantes a manadas histéricas, sin soñar
que los pies luminosos de las Marías pudiesen aplastar
el hocico a los Océanos jadeantes.
 
Di, ¿sabéis?, con Floridas increíbles que mezclaban a flores de ojos
de pantera y piel de hombre, arco-iris tendidos
como bridas, bajo el horizonte de los mares,
a glaucos rebaños.
 
¡He visto fermentar las marismas, enormes redes donde
entre los juncos se pudre todo un Leviatán, derrumbamientos
de aguas en medio de las calmas y lejanías cayendo
en cataratas hacia los remolinos!
 
¡Glaciares, soles de plata, olas nacaradas, cielos de brasas, horribles
varaderos en el fondo de los golfos oscuros, donde serpientes gigantes,
devoradas de chinches, caen, con negros perfumes,
de los árboles torcidos!
 
Habría querido mostrar a los niños esas doradas de las ondas azules,
esos pescados de oro, esos peces sonoros. Espumas de flores
bendijeron mis zarpes y vientos inefables
me dieron alas por instantes.
 
A veces, el mar, cuyo sollozo hacía suaves mis bandazos,
levantaba hacia mí, mártir cansado de los polos y de las zonas,
sus sombrías flores de ventosas amarillas, y yo permanecía
como una mujer arrodillada,
 
península, en cuyos bordes rebotaban las querellas y el estiércol
de los pájaros vocingleros de ojos claros, y yo bogaba mientras,
a través de mis frágiles zunchos, de espaldas, bajaban
a dormir los ahogados.
 
Y yo, barco perdido bajo la cabellera de las ensenadas, arrojado
por el huracán en el éter sin pájaros, yo, cuyo casco ebrio de agua
no hubieran reflotado los Monitores
ni los veleros del Hansa,
 
libre, humeante, tripulado de brumas violetas, yo que horadaba el cielo
enrojecido como un muro que muestra, confitura exquisita
para los buenos poetas, líquenes de sol
y mocos de azur,
 
yo, que corría manchado de lúnulas eléctricas, tabla loca, escoltada
por negros hipocampos, cuando las canículas hundían
los cielos ultramarinos de ardientes cráteres
a golpes de garrote,
 
yo, que temblaba oyendo gemir a cincuenta leguas el celo de los Behemots
y de los Maelstroms espesos, hilandero eterno
de los inmóviles azules, siento nostalgia de la Europa
de murallas antiguas.
 
¡He visto archipiélagos siderales!, islas cuyos cielos en delirio
están abiertos al navegante: ¿es en estas noches sin fondo
donde tú, millón de aves de oro,
duermes en el exilio, oh futuro Vigor?
 
Realmente, yo he llorado demasiado. Las auroras son crueles.
Toda luna es atroz y todo sol amargo. El acre amor me ha henchido
de embriagador letargo.
¡Oh, que mi quilla estalle!  ¡Oh, que me hunda en el mar!
 
Si algún agua de Europa deseo, es el charco negro y frío,
donde al caer la tarde embalsamada, en cuclillas y lleno de tristeza,
un niño suelta un barco frágil
como una mariposa de mayo.
 
¡No puedo ya, olas, bañado en vuestras languideces,
arrebatar su estela a los cargueros de algodón,
ni cruzar entre el orgullo de gallardetes y banderas,
ni nadar bajo la mirada horrible de los pontones!


viernes, 7 de febrero de 2025

Los caballos / Ted Hughes

 







Subí a través del bosque en la hora oscura antes del alba.
Un aire amenazante, una quietud de hielo;

ni una hoja, ni un pájaro:
un mundo hecho de escarcha. Llegué a lo alto del bosque

donde creaba al respirar figuras retorcidas en la luz de hierro.
Pero drenaban ya la oscuridad los valles

y luego –ennegreciendo los vestigios grises– en la linde
del claro se abrió el cielo. Y vi entonces los caballos.

Enormes en la espesa niebla –diez en total–
quietos como menhires. Respiraban inmóviles,

sus crines lacias, sus precisos cascos angulados,
sin hacer ningún ruido.

Pasé a su lado. Ninguno resopló ni giró la cabeza.
Fragmentos grises, silenciosos

de un silencioso mundo gris.
Y arriba en la ladera me detuve a escuchar el vacío.

Y el lamento de un pájaro mostró su filo en el silencio.
De a poco era posible percibir detalles. Luego

brotó naranja, rojo el rojo sol
en silencio, y rompiendo desde el centro una rasgada nube,

sacudió el fondo abierto, hizo ver el azul
y los grandes planetas suspendidos.

Yo volví,
tropezando en la fiebre de mi sueño, hacia el bosque

desde las cimas encendidas,
a donde estaban los caballos. Ahí seguían,

ahora humeando y brillantes en la luz,
sus lacias crines pétreas, sus cascos delicados

conmoviéndose en el deshielo mientras todo alrededor
fulguraba en los fuegos de la escarcha. Pero seguían en silencio.

Ninguno hizo un sonido,
con sus cabezas suspendidas, sin apuro, igual que el horizonte,

muy arriba del valle, bajo los altos rayos rojos.
En las calles ruidosas, a través de los años, las personas,

ojalá pueda siempre recordar este sitio solitario
entre los rayos y las nubes rojas, donde escuché los pájaros,
donde escuché durar los horizontes.



viernes, 31 de enero de 2025

Jacques Prévert / Dos poemas

 




La hermosa estación 


En ayunas perdida helada
Sola sin un centavo
Una chica de dieciséis años
Inmóvil de pie
Plaza de la Concordia
Quince de agosto mediodía.



Alicante 


Una naranja en la mesa
Tu vestido sobre la alfombra
Y tú en mi cama
Dulce presente del presente
Frescura de la noche
Calor de mi vida.



La belle saison

À jeun perdue glacée
Toute seule sans un sou
Une fille de seize ans
Immobile debout
Place de la Concorde
À midi le Quinze Août.


Alicante


Une orange sur la table
Ta robe sur le tapis
Et toi dans mon lit
Doux présent du présent
Fraîcheur de la nuit
Chaleur de ma vie.


viernes, 17 de enero de 2025

Estrellas / Louise Glück

 





Estoy despierta; estoy en el mundo:
no me hace falta
otra certeza.
Ni otra protección, otra promesa.

Consuelo del cielo nocturno,
de la casi inmóvil
esfera del reloj.

Estoy sola: todas
mis riquezas me rodean.
Tengo una cama, un cuarto.
Tengo una cama, un jarrón
con flores junto a ella.
Y una lamparilla, un libro.

Estoy despierta; estoy a salvo.
La oscuridad como escudo, los sueños
postergados, quizá
desvanecidos para siempre.

Y el día,
la insatisfactoria mañana que dice:
Soy tu futuro,
he aquí tu cargamento de tristeza;

¿me rechazas? ¿Pretendes
echarme porque no soy
plena, como dices tú,
porque vislumbras
la forma negra ya implícita?

Nunca me expulsarás. Soy la luz,
tu propia angustia y humillación.
¿Osas
echarme como si
estuvieras esperando algo mejor?

No hay nada mejor.
Solo (por un instante)
el cielo nocturno como
una cuarentena que te
aparta de tu tarea.

Solo (suave, intensamente)
las estrellas que brillan. Aquí,
en el cuarto, en el dormitorio.
Diciendo: Fui valiente, resistí,
empecé a arder.