Vienes
a mí, lejano, en esta tarde
de primavera austral, aureolada
la frente de esa luz definitiva
que te fuiste labrando día a día
hasta fijarla ahora con tu muerte.
Apenas
si te vi, bella espiga de Francia,
una noche de octubre,
cuando aún no yacía la libertad volcada
bajo un mundo de escombros
y en tus libros de amor,
en las palabras simples de tus sueños
no había el rostro de la paz velado
de luto su blancura.
Hoy retornas a mí, de pie, distante,
por encima del mar, hoy que has muerto.
Querría
seguir ahora esa amistad, que hubiera
cantado tan alegre y por tantos
motivos tristes que tú bien conoces
sólo supo el calor de nuestros dedos.
Siéntate en mi pequeño jardín de desterrado.
Estas
flores —las dalias,
las mariposas griegas y amarilis—;
estas enredaderas —las glicinas,
la fiel enamorada de los muros—;
la estrella federal, el paraíso,
el magnolio —estos árboles—,
todo este verde amigo que me ciñe
y hace ya tanto tiempo me acompaña,
se lo ofrezco a tu vivo corazón.
Has llegado.
Tu vida empieza ahora.
Háblame.
Hablemos.
(1952)
de primavera austral, aureolada
la frente de esa luz definitiva
que te fuiste labrando día a día
hasta fijarla ahora con tu muerte.
una noche de octubre,
cuando aún no yacía la libertad volcada
bajo un mundo de escombros
y en tus libros de amor,
en las palabras simples de tus sueños
no había el rostro de la paz velado
de luto su blancura.
Hoy retornas a mí, de pie, distante,
por encima del mar, hoy que has muerto.
seguir ahora esa amistad, que hubiera
cantado tan alegre y por tantos
motivos tristes que tú bien conoces
sólo supo el calor de nuestros dedos.
Siéntate en mi pequeño jardín de desterrado.
las mariposas griegas y amarilis—;
estas enredaderas —las glicinas,
la fiel enamorada de los muros—;
la estrella federal, el paraíso,
el magnolio —estos árboles—,
todo este verde amigo que me ciñe
y hace ya tanto tiempo me acompaña,
se lo ofrezco a tu vivo corazón.
Has llegado.
Tu vida empieza ahora.
Háblame.
Hablemos.






