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viernes, 10 de julio de 2026

Desolado / Robert Frost

 






¿Dónde había oído este viento antes
convertirse así en un bramido más hondo?
¿Para qué creería que me quedaba ahí,
manteniendo abierta una puerta inquieta,
mirando cuesta abajo hacia una playa espumosa?
El verano había terminado y el día también.
Nubes sombrías se apiñaban por el poniente,
afuera en el piso vencido de la entrada
las hojas se levantaron en espiral y silbaron,
a ciegas apuntaron a mi rodilla y erraron.
Algo siniestro en el tono
me decía que mi secreto debía ser conocido:
la noticia de que estaba solo en casa
de algún modo debía haberse divulgado,
la noticia de que estaba solo en la vida.
La noticia de que sólo me quedaba Dios.



viernes, 7 de marzo de 2025

Hay zonas generales / Robert Frost

 




Nos sentamos adentro y conversamos del frío que hace afuera.
Y cada vendaval que arremete y arrecia
pone en riesgo la casa. Pero la casa ya pasó otras pruebas.
Pensamos en el árbol. Si nunca más tiene hojas,
sabremos, nos decimos, que fue esta la noche de su muerte.
Es demasiado al norte, lo admitimos, para plantar duraznos.
¿Qué le sucede al hombre, es el alma o la mente
quien le impide estar preso por límites, fronteras?
Parece que aspirara a ampliar el radio
de las formas de vida hasta el Ártico.
Por qué no acaba nunca de aprender
que aunque entre el bien y el mal no hay líneas fijas
hay zonas generales con leyes que observar.
No hay mucho que podamos hacer hoy por el árbol.
Pero es inevitable, nos sentimos un poco traicionados,
porque vino a soplar el viento noroeste
justo cuando cayó el frío bajo cero.
No tiene hojas el árbol y quizás nunca broten otra vez.
Para saber habrá que esperar meses, hasta la primavera.
Pero si nunca más vuelve a crecer,
podrá culpar al rasgo ilimitado del corazón humano.



viernes, 19 de abril de 2024

Cuando el corazón empieza a nublar la mente / Robert Frost

 




Algo vi o creí haber visto
en el desierto a medianoche, en Utah,
observando desde mi cama baja
el cielo iluminado por la luna y la tierra plateada.
Acá y allá brillaba en el cielo una estrella;
la tierra sólo tenía una luz a lo lejos,
una patética luz humana, vacilante,
que mantenía contra la noche,
según me pareció, la gente que había allá,
con bruta desesperación, dejada de la mano de Dios
se agitaría y moriría en una media hora
como el último pétalo cae de una flor.
Pero, el corazón ya empezaba a nublar la mente.
Sabía una historia de más categoría.
Esa luz remota vacila debido a los árboles.
La gente puede mantenerla prendida cuando desee,
y cuando su interés en ello termine,
pueden dejarla al cuidado de otros.
De volver por ese camino dentro de un verano,
la hallaría ni más ni menos intensa.
Paso, pero a duras penas sin duda,
el momento en que uno diga: apaguémosla.
La otra persona, sin titubear, acepta.
La pueden mantener prendida cuando deseen,
Pueden apagarla cada vez que quieran.
Alguien mira al fin desde el cuarto a oscuras
hacia el lustroso desierto con puntos opacos
que podría ser hombres más sólo son cedros,
exentos de propósito, carentes de jefe,
que jamás han dado el primer paso para unirse,
de modo que no hay motivos para que ella tiemble.
Ella puede pensar en sitios que no son así
Sin caer en un ¡No son para nosotros!
La vida no es de gravedad tan siniestra.
La vida prosaica los ha hecho valientes.
Él es el marido, y ella, la mujer.
Ni ella le teme ni ellos temen la vida.
Saben dónde ha habido otra luz
Y aún más de una a la de ellos afín,
pero al ir más temprano esta noche a dormir
me las perdí en mi huida por la superficie.
 
He aquí lo que vi al despertar en la noche,
pasando con la velocidad del tren,
calando mis ojos guirnaldas de humo
en la vida de otra gente, hasta llegar muy hondo.

viernes, 19 de mayo de 2023

Familiarizado con la noche / Robert Frost

 




He sido uno de esos que saben qué es la noche.
He salido bajo la lluvia; y bajo la lluvia he vuelto.
He ido más allá de la luz más lejana de la ciudad.
 
Mi vista ha descendido por el más triste callejón.
He pasado al lado del sereno que hacía su ronda.
Y he bajado la vista, sin ganas de explicar.
 
Me he quedado quieto, deteniendo el ruido de los pies,
cuando de lejos un grito sofocado
llegaba, por sobre las casas, desde otra calle.
Pero no para hacerme volver ni para decirme adiós;
y, aún más lejos, a una fantástica altura
un reloj luminoso contra el firmamento.
 
Proclamaba que el tiempo no era bueno ni malo.
He sido uno de esos que saben qué es la noche.

 


viernes, 15 de abril de 2022

Abedules / Robert Frost

 




Cuando veo abedules oscilar a derecha
y a izquierda, ante una hilera de árboles más oscuros,
me complace pensar que un muchacho los mece.
Pero no es un muchacho quien los deja curvados,
sino las tempestades. A menudo hemos visto
los árboles cargados de hielo, en claros días
invernales, después de un aguacero.
Cuando sopla la brisa se les oye crujir,
se vuelven irisados cuando se resquebraja
su esmaltada corteza. Pronto el sol les arranca
sus conchas cristalinas, que mezcla con la nieve...
Esas pilas de conchas esparcidas diríase
que son la rota cúpula interior de los cielos.
La carga los doblega hacia los mustios
matorrales cercanos, pero nunca se quiebran,
aunque jamás podrán enderezarse solos:
durante muchos años las ramas de sus troncos
curvadas barrerán con sus hojas el suelo,
igual que arrodilladas doncellas con los sueltos
cabellos hacia atrás y secándose al sol.
Mas cuando la Verdad se me interpuso
en la forma de un hecho como la tempestad,
iba a decir que quizás un muchacho,
yendo a buscar las vacas, inclinaba los árboles...
Un muchacho que por vivir lejos del pueblo
sólo sabe jugar, en invierno o en verano,
a juegos que ha inventado para jugar él solo.
Ha domado los árboles de su padre uno a uno
pasando por encima de ellos tan a menudo
que nada les dejó de su tiesura.
A todos doblegó; no dejó ni uno solo
sin conquistar. Aprendió la manera
de no saltar de un árbol sin haber conseguido
doblarlo contra el suelo. Conservó el equilibrio
hasta llegar arriba, trepando con cuidado,
con la misma destreza que uno emplea al llenar
la copa hasta el borde, y aun arriba del borde.
Entonces, de un envión, disparaba los pies
hacia afuera y saltaba del aire hasta la tierra.

Yo fui también, antaño, un columpiador de árboles;
muy a menudo sueño en que volveré a serlo,
cuando me hallo cansado de mis meditaciones,
y la vida parece un bosque sin caminos
donde, al vagar por él, sentirnos en la cara
ardiente el cosquilleo de rotas telarañas,
y un ojo lagrimea a causa de una brizna,
y quisiera alejarme de la tierra algún tiempo,
para luego volver y empezar otra vez.
Que jamás el destino, comprendiéndome mal,
me otorgue la mitad de lo que anhelo
y me niegue el regreso. Nada hay, para el amor,
como la tierra; ignoro si existe mejor sitio.
Quisiera encaramarme a un abedul, trepar,
por las ramas oscuras del blanquecino tronco
y subir hacia el cielo, hasta que el abedul,
doblándose vencido, me volviese a la tierra.
Subir y regresar sería muy hermoso.
Pues hay cosas peores en la vida que ser
un columpiador de árboles.


viernes, 6 de noviembre de 2020

Un vistazo fugaz / Robert Frost

 




A veces veo flores desde un coche en movimiento
que se han ido antes de poder decir cuáles son.
 
Quiero bajar del tren y volverme
para ver qué eran, al lado de la vía.
 
Nombro todas las flores que me consta no eran;
no hay amantes estramonios donde han ardido bosques.
 
Ni adornan campanillas una boca de túnel
ni lupinos que vivan de arena y sequía.
 
¿Rozaron mi mente con algo
que nadie en la tierra hallará jamás?
 
El cielo sólo esconde ojeadas a aquellos
que no están preparados para ver muy de cerca.