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viernes, 12 de junio de 2020

Inventario de mis días / Horacio Salas







Como no sé vivir
y ya no encuentro cómodo
llorar cada mañana,
como no sé vivir —insisto—
mientras vivo y desvivo
levanto el inventario de mis días.
Me palpo, me recorro,
con cualquier cosa compruebo mi existencia,
por medio de una voz,
de una sonrisa
o de cualquier mujer,
sé que estoy vivo.
Antes de despedir la madrugada
busco, revuelvo entre los trastos viejos,
y encuentro una palabra,
la desarmo,
le abro su panza de aserrín,
vuelvo a coserla igual que un minucioso cirujano
y escribo mi poesía.
Dando vueltas junto a los minuteros
tropiezo con el mismo ángulo recto
que invade a la mañana la oficina.
Prolijamente saludo a los relojes,
me anticipo a los pájaros ficticios,
digo que sí y que no con la cabeza.
Alargo inútilmente la memoria,
busco números claves con anteojos,
recorro con los dedos el lomo de la tarde,
giro sobre un sillón de cuero con sordina,
sumo porcientos grises, cifras azules y columnas rojas,
escribo sobre libros tremebundos,
pronuncio la palabra bibliorato
ochenta y cuatro veces por minuto;
comento un accidente, un crimen, media guerra,
y elogio los dobleces de algún sueño
para arrugarlo luego.
Enarbolo la pipa sobre el labio,
vuelvo a decir que sí de mala gana,
me angustio, resoplo, dramatizo,
a veces nombro a Sartre, a Dios, a Sanfilippo.
Huyo de mí,
me ignoro,
no me quiero.
Después, cuando el cansancio
comienza a recorrerme por la espalda,
saco de los bolsillos mi amor doblado en cuatro,
lo ejerzo tenazmente
y luego con vergüenza lo describo
o tan sólo amontono palabras y las tiro.
Antes de cada noche me apuntalo,
me miro en los espejos,
aliso mi soledad contra la almohada.
Sin que nadie me invite
me meto entre los sueños
o crezco con furia en otros muslos.

A veces también duermo.
O desvarío ante una biblioteca,
ante un poema de Eluard,
ante un Chagall plagiado,
o ante un tango.
Otras veces me siento a la orilla de mis ojos
y me miro asombrado y con espanto.
Me olvidaba,
a veces, también como.
En días de nostalgia
prefiero recordarme
o inventarle memorias a la tarde.
De vez en cuando vuelvo a leer a Borges.
Con la paciencia repito al acostarme
la delantera de Boca en el cincuenta
o escucho a Gardel contra el silencio.
Me desbordo de amigos casi siempre:
ya tengo tantos que nunca alcanza el tiempo
a descifrar sus nombres.
Cuando me quedo solo de espaldas a la noche
enumero los días transcurridos,
vuelvo a la infancia, al olor de los juegos,
converso con mi madre;
Los domingos mi padre sabe todas las respuestas
y todas las historias de aventuras.
Cuando se acaba el juego
evoco a algunos muertos,
voy al cine,
me reflejo en mis ojos preferidos,
aprendo los artículos del Código,
pienso en mi propia muerte
y mientras tanto crezco.

Como no sé vivir,
como no aprendo,
como no me interesan los deberes
ni tampoco me aplico para pasar de grado,
como no sé vivir —insisto—
me conformo con tratar de cambiar,
o simplemente
con inventar la vida
cada día.




viernes, 4 de octubre de 2019

De la poesía considerada como forma de seducción / Horacio Salas






El triunfo de la palabra sobre la belleza
de la persuasión sobre la forma
de la mirada sobre el objeto
el arte del lazarillo para sobrevivir
la validez del fin sobre los medios
La estrategia
una manera peculiar de hilvanar las ideas
la ocultación de los defectos
—salvo alguno menor como un alarde—
la imagen de la inmadurez ante tendencias maternales
la protección ante la debilidad
la erudición en unos pocos casos
la practicidad cuando se trata de arreglos del hogar
una flor (la cortesía como protagonista)
la memoria implacable
lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras
descubrir una luz en la mirada
los focos de un coche que cruza la avenida
y la satisfacción
de ocultar el retrato que sigue corrompiéndose
y emerge en los instantes previos a los sueños
o se aparece puntual como el fantasma del castillo
como una culpa
como un dolor intraducible.




viernes, 30 de junio de 2017

Platos / Horacio Salas




Platos descoloridos por décadas de almuerzos y de cenas
confrontando colores con zapallos y paltas
                                           con morrones ardientes
combinaciones con el berro o el rojo del gazpacho
aquellos platos amarillos de mi infancia
platos para largos diálogos de vino y sobremesa
platos donde mis hijos desbordaban papillas
                                           y bananas pisadas
platos azules que atravesaron el Atlántico
platos de cerámica de humilde loza o porcelana
platos para las cazuelas y los curries
platos para los pescados y los pollos
platos de sufrimientos y de exilio
platos vacíos y platos rebosantes de festejos
                                           o sopas del invierno
platos que acompañaron nuestra historia
platos aparecidos en la vida antes de nuestro nacimiento
platos que perduran más allá de otras muertes
platos con los que nadie sabrá qué hacer cuando me muera.