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viernes, 25 de noviembre de 2016

Canción / Allen Ginsberg






El peso del mundo 
         es amor. 
Bajo la carga 
         de soledad, 
bajo la carga 
de insatisfacción 

         el peso, 
el peso que llevamos 
         es amor. 

¿Quién puede negarlo? 
         En sueños 
toca 
         el cuerpo, 
en pensamiento 
         construye 
un milagro, 
         en imaginación 
se angustia 
         hasta nacer 
en humano… 

se asoma desde el corazón 
         ardiendo de pureza, 
porque la carga de la vida 
         es amor, 

pero llevamos el peso 
         fatigosamente, 
y así debemos descansar 
en los brazos del amor 
         al fin, 
debemos descansar en los brazos 
         del amor. 

No hay descanso 
         sin amor, 
no se duerme 
         sin sueños 
de amor… 
         estés loco o helado 
obsesionado con ángeles 
          o máquinas, 
el deseo final 
          es amor 
-no puede ser amargo, 
          no puede negarse, 
no puede retener
        si es negado: 

el peso es demasiado pesado 

-debe darse 
sin retorno 
         como el pensamiento 
dado 
         en soledad 
con toda la excelencia 
        de su exceso. 

Los cuerpos cálidos 
        brillan juntos 
en la oscuridad, 
        la mano se mueve 
hasta el centro 
        de la carne, 
la piel tiembla 
        en felicidad 
y el alma llega 
        gozosa hasta el ojo… 

sí, sí, 
        eso es lo que 
yo deseé, 
        siempre deseé, 
        volver 
a mi cuerpo
        donde he nacido.




sábado, 10 de enero de 2015

Ferlinghetti / El poeta como pescador







A medida que envejezco
percibo que la vida
tiene la cola en la boca
y otros poetas y otros pintores
ya no encarnan para mí
ningún tipo de competencia
El cielo es el desafío
el cielo
que aún debe ser descifrado
ese alto cielo
ante el que caen agobiados
los astrónomos
con sus grandes orejas electrónicas
ese cielo
que nos susurra constante
los secretos finales del universo
el mismo que respira
hacia adentro hacia fuera
como si fuera el interior de una boca
del cosmos
el mismo cielo
que es el borde de la tierra
y del mar también
el cielo
de voces múltiples y ningún dios
rodeando un océano de sonido
que devuelve ecos
como las olas
que estallan en el murallón
Poemas enteros
diccionarios completos
enrollándose
en la explosión de un trueno
Cada atardecer un cuadro instantáneo
cada nube un libro de sombras
a través de las que vuelan salvajes
las vocales de los pájaros
que llorarán repentinamente
Ese firmamento para el pescador
está despejado
a pesar de las nubes oscuras
Él lo observa
lo estima por lo que es:
el espejo del mar
a punto de precipitarse sobre él
en su bote de madera
al filo del horizonte oscuro
Nosotros lo imaginamos como un poeta
siempre cara a cara con la vieja realidad
donde los pájaros nunca vuelan
antes de la tormenta
No lo dudes
él sabe lo que caerá desde las alturas
antes de que amanezca
él es su propio vigía
en su embarcación
atento al sonido del universo
dando cuenta de las visiones
de la tierra de lo viviente
con su voz poderosa

viernes, 28 de junio de 2013

En el camino / Jack Kerouac (Viaje hacia lo inalcanzable)




Novela de carácter autobiográfico, escrita por Jack Kerouac en los años cuarenta, En el camino (On the road), finalmente se publicó en 1957. Digo finalmente, porque el autor visitó y visitó sellos editoriales. En suma: su texto era rechazado una y otra vez.

Gracias a esa novela, cuando mi adolescencia ya me abandonaba, descubrí a los poetas beats Corso, Ferlinghetti y Ginsberg. Y a los narradores como el Kerouac 
mismo (poeta y novelista), y también al más viejo de ellos: Burroughs. Gregory Corso y Lawrence Ferlinghetti no aparecen en la novela, pero sí en Big Sur y en Los subterráneos. En definitiva: el autor me llevó, por así decirlo, al continuum beat. A la beatitud, como a él le gustaba decir.
Es lógico; después de leer En el camino, a uno le asalta un fervor: tomar un auto y conducir hasta el final de la noche, como si fuéramos Kerouac. O Céline, tal vez su fuente a la hora de escribir —escribirse— la vida en la odisea, un peregrinaje hacia lo desgarrador. Así nace la Generación Beat, con un golpe en lo hondo: en testimoniar la locura, la tristeza, el dolor inmarcesible que le punza la época en la que le tocó vivir.
El autor nos lleva, con su monólogo interior —no exento de lenguaje poético en muchos pasajes—, a través de calles y pueblos y fronteras de América: primero en colectivo desde Nueva York hasta Chicago, después realizando autostop hasta Denver, San Francisco y para luego regresar a casa, y volver a partir. Y partir, cruzando de este a oeste más de tres mil kilómetros. Siempre partir, con apenas una bolsa deshilachada como equipaje y con su alma que no lo dejaba en paz.

Desde aquellos páramos, sobre la ruta 6 y, en otras ocasiones, ante la vertiginosa 66, Kerouac se encuentra con seres cercanos a él: otros hipsters deambulando en bares—donde ardía el jazz estilo Bop de Charly Parker—, o haciendo autostop en el derrotero de su profunda América. Allí conocería a una mexicana, Terry, en una terminal de Ómnibus: “Sentí una punzada en el corazón como me ocurre siempre cada vez que veo a una chica que me gusta y que va en dirección opuesta a la mía en este mundo”.
En el transcurso de su viaje, también se detendría para saludar a alguno que otro amigo: Allen Ginsberg, que por aquel entonces no había escrito su poema Howl, y al yonqui William Burroughs que vivía —o intentaba hacerlo, junto a su arsenal de barbitúricos y demás— en las afueras de New Orleans.
Por aquellos rumbos y otros abismos, nuestro caminante grabaría toda imagen para luego trazar, golpe a golpe, en su máquina de escribir: “Sólo me interesan los dementes, los que arden por hablar, por vivir”. O cuando las palabras de Dean Moriarty, su amigo inseparable en la desolación: “Dios existe. Mientras rodemos por esta carretera, hará todo lo posible para protegernos”.
En la cuarta parte del libro, Kerouac nos narra un tercer viaje: de Nueva York hacia la Ciudad de México. Y es la parte más nostálgica, más descarnada. Se presiente el final del viaje, de todo aquello por conocer: “No podía imaginarme un viaje así. Era el más fabuloso de todos. Ya no era en dirección Este-Oeste, sino hacia el mágico Sur. Tuvimos una visión de todo el hemisferio occidental hundiéndose hasta la Tierra del Fuego y de nosotros volando y siguiendo la curvatura del planeta y penetrando en otros trópicos y otros mundos”.

Jazz, alcohol y la carretera. Y poesía, la eterna búsqueda de Sal Paradise, su alter ego, por entre los más desesperados paisajes de Estados Unidos y México.
Con aquel Dean Moriarty como compañero, el héroe pródigo de la novela, el alma brillante y oscura, siempre en jeans y camiseta, esposo de la rubia Marylou y amante de Camille, con arranques de un romántico y salvaje misticismo es, como nos cuenta Kerouac, el deseoso aprendiz de escritor. Él lo acompaña contemplándolo todo, atravesando el país a bordo de un Cadillac, otras veces a pie y otras marchando en un ferry o un tren de carga. Ellos se abalanzan hacia los periplos, bajo relámpagos de la luna sobre los rieles y el asfalto de aquella luz salvaje: la vida misma.
Como la poesía, un viaje hacia lo inalcanzable.


                                                                                          Javier Rodriguez                        

martes, 27 de noviembre de 2012

Lucila in Wonderland / Marcelo di Marco




Casi siempre sí
y especialmente cuando nos asomamos
desde el borde de las sombras
por el más imposible ángulo de tu cama
y nos quedamos viendo con ojos derretidos
                                          cómo
el prudente Odiseo navegaba
con su potente y negra y plateada torpedera
al sol y por espléndidos alcoholes
                                   Viendo abrazados
la voz del coronel Kurtz ya sin tiempo que decía
                                       the horror
                                       the horror
mientras la tarde oscurecía afuera
y se encendían las luces del Gaumont
                                    Viendo cómo
bajo la luna
bandadas de estúpidas gaviotas
le disputaban a una foca de Proteo
las tripas increiblemente rojas se andá a saber
                                               quién
                                                          Viendo que
como un buque de fantasmas
nuestra generación anclaba en cafés de madrugada
nacía a sus penas bebía sus años y se entregaba sin luchar
                                                          Viendo cómo
el muy tetón de Tiresias
negaba sus dones a mi pueblo
haciendo caer MUERTE sin discriminación
                                       Viendo aparecer
Por el viento aviones
de todos colores
                 HARRIER
                 LESTRIGON
                 SEA KING
y demás girocópteros y misiles aire tierra
y nosotros marchando por autopistas resquebrajadas
                                                  Viéndonos
volver por caminos nocturnos de carteles publicitarios
huyéndole al asco
a la forma de los cerdos
                        Viendo caer
sobre la Plaza de la República
una lluvia de pescaditos escurridizos
en tanto que las Hondas Blancas
avanzaban por Corrientes
entre nubes de Gases Urticantes
                                     Viendo multitudes
vivando en Plaza Mayo tenían los ojos
atravesados por banderas banderas banderas
cuando de lo alto caían gritos y bastones
                  bastones
                                     bastones
     bastones
                          caían de lo alto
                                               Viendo
morir por agua a Flebas el fenicio
chapaleaba entre estallidos en el Atlántico Sur
                                               Viendo manos
que enviaban a otras manos troncos
arrugados
absurdamente envueltos en lustrosos ataúdes
embanderados
            Viendo
cuerpos espectrales decapitados sumergidos
en las aguas de la fuente del Congreso
danzaban Ravel Mahler y no sé qué más
                                     Viendo cómo
El Señor Tremendo De Los Puertos
cargaba nuestros cadáveres
Por calles adoquinadas
bailando un aquelarre
en la pendiente de la noche







Nota: Poema beat, como si Allen Ginsberg lo trazara en un Buenos Aires 1982.