viernes, 21 de agosto de 2026

Huesos de sepia (tres poemas) / Eugenio Montale

 





Descansar absorto y pálido
junto al quemante muro de una huerta,
escuchar entre los arbustos y las ramas
chasquidos de mirlos, zigzaguear de serpientes.

En las hendiduras del suelo o sobre las habas
espiar las hileras de rojas hormigas
que se rompen o se trenzan
sobre minúsculos puñados de paja.

Mirar entre las frondas
el palpitar lejano de las escamas del mar,
mientras sube de las rocas desnudas
el tembloroso canto de las cigarras.

Y bajo el sol que enceguece
sentir con triste maravilla
cómo es toda la vida y sus penas,
en este transitar de bordes
sobre murallas coronadas de trozos de botella.




No te refugies en la sombra
de aquella fronda espesa
como el halcón que se lanza
fulminante en la canícula.

Es hora de dejar el cañar quebradizo
que parece que durmiera,
y de mirar las formas
de la vida que se consume.

Nos movemos en un polvillo
de vibrante nácar,
en un deslumbramiento que enceguece
y poco a poco nos reduce.

Lo sientes, en el juego de las áridas mareas
que se hace lento en esta hora difícil
en que arrojamos en un remolino sin fondo
nuestras vidas errantes.

Como ese cerco de acantilados
que parece desdibujarse
en telarañas de nubes;
así nuestros ardientes ánimos

en que la ilusión consume
un fuego lleno de ceniza,
perdidos en la serenidad
de una certeza: la luz.




Tráeme el girasol para que yo lo plante
en mi terreno calcinado por la sal,
y exhiba todo el día al azul espejeante del cielo
la ansiedad de su rostro amarillento.

Tienden a la luz las cosas oscuras,
se consumen los cuerpos en un fluir
de tintas: éstos en sonido. Desvanecerse
es entonces, la ventura de las venturas.

Tráeme la planta que lleva
donde nacen doradas transparencias
y se evapora la vida cual esencia;
tráeme el girasol enloquecido de luz.



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