viernes, 9 de enero de 2026

Playa de Berck / Sylvia Plath

 


                                   I

Así que esto es el mar, este inmenso pasmo.
Ah, cómo supura mi herida inflamada con el cataplasma del sol.

Sorbetes de colores electrizantes, extraídos del congelador
por pálidas muchachas, recorren el aire en manos requemadas.

¿Por qué está todo tan tranquilo? ¿Qué andarán buscando?
Yo sí tengo dos piernas, y camino sonriente.

Una sordina de arena mitiga las vibraciones;
extendiéndose varios quilómetros, reduce las viejas voces
 
ondulantes, sin muletas, a la mitad de su tamaño.
Las líneas de mira, abrasadas por estas superficies yermas,
 
son como búmeran, como gomas sujetas que al volver golpean a sus dueños.
No me extraña que ese hombre lleve gafas de sol.
 
No me extraña que vista una sotana negra.
Ahí viene, andando entre los pescadores de caballa
 
que le vuelven la espalda formando un muro, mientras manipulan
los rombos verdes y negros como si fueran partes de un cuerpo.
 
El mar, que los cristalizó, se marcha reptando, escindido
en miles de serpientes, con su sempiterno siseo de angustia.

 

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