domingo, 4 de diciembre de 2011

Y la muerte no tendrá dominio



Y la muerte no tendrá dominio.
Los hombres muertos desnudos serán uno
con el hombre en el viento y la luna poniente;
cuando sus huesos estén limpios de carne
y los limpios huesos desaparezcan
tendrán estrellas en los codos y en el pie;
y aunque enloquezcan serán cuerdos,
aunque se hundan en el mar retornarán de nuevo a la vida,
aunque los amantes se terminen el amor no se terminará.
Y la muerte no tendrá dominio.

Y la muerte no tendrá dominio.
Aunque por largo tiempo yazgan bajo las ondulaciones del mar,
ellos ni por el viento ni por el agua morirán;
retorcidos en el potro hasta que los nervios se entreguen,
amarrados con lazos a la rueda de la tortura,
ni siquiera aquí los amantes serán quebrados.
La fe en sus manos será un relámpago de dos
y los unicornes males raudos los atravesarán;
y aunque todo termine en separación ellos no serán destruidos.
Y la muerte no tendrá dominio.

Y la muerte no tendrá dominio.
Puede que ninguna gaviota les vuelva a gritar en sus oídos
o que las olas no rompan ya más con estruendo contra las playas.
Donde brotó una flor puede que ninguna otra
eleve su cabeza bajo los embates de la lluvia;
y aunque estén locos y muertos como clavos
las cabezas de los amantes golpearán como martillo desde las margaritas
y estallarán al sol antes de que el sol sucumba.
Y la muerte no tendrá dominio.



Desposorio de una virgen


Al despertar sola entre una multitud de amores
cuando la luz de la mañana sorprendía
en el abrir de sus ojos extensos como la noche su dorado ayer
de él dormido sobre su iris y el sol de éste día
saltaba hasta el cielo desde su regazo
la milagrosa virginidad fue tan antigua como los panes y los peces
aunque el momento de un milagro es un relampaguear sin fin
y los astilleros de las huellas de Galilea esconden una flota de palomas.
Las vibraciones del sol ya no codiciarán más su almohada profunda
como el mar dónde un tiempo desposóse sola
su corazón todo ojos y oídos
labios que cogían la avalancha del espíritu de oro
que ensortijaba su hueso mercurial con su corriente
y que al pie de sus ventanas izaba su bagaje de oro
pues duerme un hombre donde cayó el fuego
y ella experimenta por su brazo ese otro sol
el celoso fluir de la sangre sin rival.
Dylan Thomas






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