viernes, 28 de junio de 2013

En el camino / Jack Kerouac (Viaje hacia lo inalcanzable)




Novela de carácter autobiográfico, escrita por Jack Kerouac en los años cuarenta, En el camino (On the road), finalmente se publicó en 1957. Digo finalmente, porque el autor visitó y visitó sellos editoriales. En suma: su texto era rechazado una y otra vez.

Gracias a esa novela, cuando mi adolescencia ya me abandonaba, descubrí a los poetas beats Corso, Ferlinghetti y Ginsberg. Y a los narradores como el mismo Kerouac (poeta y novelista), y también al más viejo de ellos: Burroughs. Gregory Corso y Lawrence Ferlinghetti no aparecen en la novela, pero sí en Big Sur y en Los subterráneos. En definitiva: el autor me llevó, por así decirlo, al continuum beat. A la beatitud, como a él le gustaba decir.
Es lógico; después de leer En el camino, a uno le asalta un fervor: tomar un auto y conducir hasta el final de la noche, como si fuéramos Kerouac. O Céline, tal vez su fuente a la hora de escribir —escribirse— la vida en la odisea, un peregrinaje hacia lo desgarrador. Así nace la Generación Beat, con un golpe en lo hondo: en testimoniar la locura, la tristeza, el dolor inmarcesible que le punza la época en la que le tocó vivir.
El autor nos lleva, con su monólogo interior —no exento de lenguaje poético en muchos pasajes—, a través de calles y pueblos y fronteras de América: primero en colectivo desde Nueva York hasta Chicago, después realizando autostop hasta Denver, San Francisco y para luego regresar a casa, y volver a partir. Y partir, cruzando de este a oeste más de tres mil kilómetros. Siempre partir, con apenas una bolsa deshilachada como equipaje y con su alma que no lo dejaba en paz.

Desde aquellos páramos, sobre la ruta 6 y, en otras ocasiones, ante la vertiginosa 66, Kerouac se encuentra con seres cercanos a él: otros hipsters deambulando en bares—donde ardía el jazz estilo Bop de Charly Parker—, o haciendo autostop en el derrotero de su profunda América. Allí conocería a una mexicana, Terry, en una terminal de Ómnibus: “Sentí una punzada en el corazón como me ocurre siempre cada vez que veo a una chica que me gusta y que va en dirección opuesta a la mía en este mundo”.
En el transcurso de su viaje, también se detendría para saludar a alguno que otro amigo: Allen Ginsberg, que por aquel entonces no había escrito su poema Howl, y al yonqui William Burroughs que vivía —o intentaba hacerlo, junto a su arsenal de barbitúricos y demás— en las afueras de New Orleans.
Por aquellos rumbos y otros abismos, nuestro caminante grabaría toda imagen para luego trazar, golpe a golpe, en su máquina de escribir: “Sólo me interesan los dementes, los que arden por hablar, por vivir”. O cuando las palabras de Dean Moriarty, su amigo inseparable en la desolación: “Dios existe. Mientras rodemos por esta carretera, hará todo lo posible para protegernos”.
En la cuarta parte del libro, Kerouac nos narra un tercer viaje: de Nueva York hacia la Ciudad de México. Y es la parte más nostálgica, más descarnada. Se presiente el final del viaje, de todo aquello por conocer: “No podía imaginarme un viaje así. Era el más fabuloso de todos. Ya no era en dirección Este-Oeste, sino hacia el mágico Sur. Tuvimos una visión de todo el hemisferio occidental hundiéndose hasta la Tierra del Fuego y de nosotros volando y siguiendo la curvatura del planeta y penetrando en otros trópicos y otros mundos”.

Jazz, alcohol y la carretera. Y poesía, la eterna búsqueda de Sal Paradise, su alter ego, por entre los más desesperados paisajes de Estados Unidos y México.
Con aquel Dean Moriarty como compañero, el héroe pródigo de la novela, el alma brillante y oscura, siempre en jeans y camiseta, esposo de la rubia Marylou y amante de Camille, con arranques de un romántico y salvaje misticismo es, como nos cuenta Kerouac, el deseoso aprendiz de escritor. Él lo acompaña contemplándolo todo, atravesando el país a bordo de un Cadillac, otras veces a pie y otras marchando en un ferry o un tren de carga. Ellos se abalanzan hacia los periplos, bajo relámpagos de la luna sobre los rieles y el asfalto de aquella luz salvaje: la vida misma.
Como la poesía, un viaje hacia lo inalcanzable.


                                                                                          Javier Rodriguez                        

1 comentario:

  1. ¡Wawww! Excelente reseña. Impecable. ¡Ya mismo vuelo a leer En el camino!
    Un abrazo

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