miércoles, 22 de diciembre de 2010

Carta abierta a Fabián Casas





  
    Todos los sábados a la tarde marcho en el tren. Me acomodo en los asientos gastados mientras miro la tristeza a través del vidrio. Y, como es costumbre, voy leyendo algún libro de poesía. Un ritual que realizo hace bastante tiempo ante vendedores ambulantes, ventanas rotas, bebés que lloran y demás estorbos para los oídos. Sí, oídos, porque el ruido interfiere con la música de la respiración
    Después del viaje insoportable, llego a casa de mamá. Dejo el bolso con ropa sucia en el piso y saco, como es habitual, el libro y lo apoyo sobre la mesa. Mamá no está, siempre llego tarde. Son las 10 de la noche y mamita se fue a bailar con su novio. No hay nadie. Y yo sigo leyendo ―mezclando―, verso a verso, con la ebria cerveza que saqué de la heladera.
   Abandono el libro, pongo las pizzas en el horno. Mi hermano llega, como yo, del trabajo. Ve el libro sobre la mesa y dice: ¡Cuántas estupideces leés vos!
   Lo cierto es que, cuando ya no damos más de cerveza y pizza, nos vamos a dormir. Yo pienso en la forma que bailará mamá, en cuantos tipos la estarán viendo. Porque mamá todavía es muy bella.
   La noche reina el silencio. Sigo pensando cómo bailará mamá, con quién hablará mamá mientras escucho la radio: unas voces que vienen de la pieza de mi hermano. Porque a mi hermanito le gusta escuchar la radio, parece sedarlo. Sí, como aquel sonido del ventilador viejo, viejísimo. A veces pienso que le recuerda la infancia, y por eso, lo hace dormir, le da paz. Pero yo sigo pensando en mamita. Pienso, también, en los libros que estuve leyendo y lo que dice ella sobre ellos. Porque, como dije, siempre traigo y traigo libros. Sé que a ella no le agradan mucho, dice que no los entiende.
    Esta noche mamá volvió un tanto más temprano que de costumbre, creo que a eso de las 3.00 de la mañana. Escucho ruido de pocillos, el raspado de fósforos, la hornalla que se despliega en una posible llama. También oigo vocecitas. Ella abre la puerta de mi antigua pieza y me ve. Yo me hago el dormido. Habla con su novio. Toman café en la mesa del comedor. Sé que está hojeando el libro que compré hace tiempo, el libro que dejé sobre la mesa antes de irme a dormir.
    La noche sigue reinando el silencio. Su novio la espera en la cama para dormir bien juntos, pero ella no va todavía. Creo que sigue leyendo.

    Domingo a la mañana, espero que su novio se vaya. Me levanto y voy a la ducha. Mi hermano se levantó más temprano que yo y fue a comprar carne para el asado. Salgo del baño y me siento junto a ella para tomar mate. Me dice: ¡Qué lindo libro que trajiste! Me gustaron mucho los poemas porque no son como esos que traés siempre. Ay, me gusta mucho el poema de la madre, la pareja que se va a dormir…

   ―¿Eh? ―balbuceo yo, todavía un poco dormido y tomando mate.
   ―El libro que trajiste ayer. Qué lindo ―me dijo.
   ―Ah, sí: lo compré hace tiempo. ¿Te gustó?
   ―Sí, es hermoso. Mirá, estos son los que más me gustan, estos poemas…

   Mamá, tratando de explicarme, agarra El salmón y comienza a leer en voz alta.

2 comentarios:

  1. Feliz año para vos, y los sueños se vayan cumpliendo como vos quieras, es muy bueno, sencillo, confortable y real, se que algo de inspiración literaria salí a vos, y por algo somos hermanos, te quiero mucho seguí así......

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  2. Gracias, Ariel; pero es al revés: yo salí a vos. Acordate que tenés 5 años más.
    Un abrazo,
    Javier.

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